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SALUD:
Artículo
La Fiebre Tifoidea
II Parte
La fiebre tifoidea
tiene un período de incubación que oscila entre los siete y los diez días,
tiempo en el que suelen aparecer síntomas como náuseas, vómitos y diarreas
fugaces, acompañados de pérdida del apetito y del peso, tos seca, dolor
estomacal, somnolencia, dolores musculares, cefaleas y malestar general; además
de la fiebre que se caracteriza por ir en escalada hasta llegar a los 40°C,
aumentando a razón de grado por día. Es habitual también que se presente un
salpullido o brote en la piel del torso, de manchas rosadas de 2 a 4 milímetros
de ancho.
Si la fiebre tifoidea
se deja evolucionar naturalmente y no es tratada puede desarrollar diversas
complicaciones como colecistitis, hepatitis, hemorragia intestinal, perforación intestinal, o infecciones a distancia del
intestino, así como el retorno de los síntomas dos semanas después de la
cura, aunque esto sucede más en los pacientes que se tratan con antibióticos.
Otra posibilidad es
que el bacilo se instale en la vesícula biliar, pero sin producir la
enfermedad, de manera que la persona se convierte en portadora de la enfermedad,
y si bien no la padece, es capaz de contagiarla y propagarla.
Debe mencionarse que
los países más expuestos a los brotes de fiebre tifoidea son aquellos en
desarrollo o del Tercer Mundo, pues las condiciones higiénicas no son las
óptimas. Sin embargo, también hay que decir que en Estados Unidos, surgen
aproximadamente cuatrocientos casos por año.
Lo más recomendable
en la población expuesta a la posibilidad de contraer tifus es que traten de
prevenirla, para lo cual deben lavarse las manos antes de manipular alimentos y
comer, no comer productos en contacto con aguas negras, hervir o clorar el agua,
tener considerablemente separadas las fuentes de agua de las fosas sépticas,
asegurarse de ingerir agua no contaminada, contar con sistemas adecuados de
alcantarillado, e ingerir sólo leche pasteurizada.
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